Cuando acabamos de desayunar (¡sí! Pudimos estar una hora entre crep y crep y sorbo y sorbo de té) fuimos a visitar a una vecina amiga de Nadia. Su peculiaridad es que elabora queso de cabra casero. ¡Pero no un queso corriente! La leche de los quesos es de cabras pirenaicas, unas cabras negras y cornudas que tenía en un corral adosado a su casa. Dicen que el idioma universal es el que se expresa a través del cuerpo... y doy fe de ello. La vecina de las cabras tenía algunas nociones de catalán y nosotras algunas de francés, pero básicamente usamos gestos y muecas para pedirle cinco de sus sublimes quesos, que nos entregaría media hora antes de emprender nuestro viaje de vuelta a casa.
Dimos una vuelta por Py escondidas debajo de nuestros paraguas y aprovechamos para sacar algunas fotos.
Había un pueblo que quería enseñar a Cristina antes de marcharnos: Mantet. Este pueblo es el último de los Pirineos. Se ubica en el punto más alto del Valle y llegar hasta allí nos fue algo complicado. La carretera es para ambos sentidos pero, como era de esperar dadas las situaciones anteriores, solo cabía un coche y, para darle más emoción, todo era subida y curvas. Cuanto más ascendíamos más nos veíamos envueltas en la espesa niebla, y estuvimos así media hora. Fue algo estrepitoso, la verdad. Aun así, aquel viaje de suicidas valió la pena. Mantet es otra dimensión. Mantet tiene una población de unos veinte habitantes, que disfrutan su aislamiento en la pequeña capilla, en la plaza mayor (que había una mesa de pin-pong), en el centro cultural y, sobretodo, en el bar (que estaba cerrado cuando fuimos.) Allí, en lo más alto del pirineo, Cristina y yo nos juramos volver cuando hiciera buen tiempo, seguro que las vistas tienen que ser increíbles...
| Fotografía sacada de una foto del centro cultural |
A la hora de comer nos despedimos de Mantet y retomamos el camino dirección Py. Nos armamos de valor y empezamos a descender. A medio trayecto vimos diez o doce ovejas que correteaban en grupo en medio de la carretera, curiosas a la par que temerosas por nuestra presencia. Bajamos más, y el paisaje se iba esclareciendo: nuestro último día y el tiempo empezaba a mejorar... Pudimos ver como a nuestra izquierda, que era el lado donde había montaña, iban apareciendo pequeñas cascadas. A nuestra derecha... el horizonte.
Llegamos a Py, comimos y nos fuimos a la parada del autobús escolar a buscar a Elisenda. ¡Por fin vimos gente! Empezaron a llegar madres, padres y niños que vivían en Py, hasta aquel momento sólo habíamos visto a mis tíos. Gente humilde, feliz y bonachona, así son los habitantes de Py.
Acabó nuestro viaje con los abrazos de mis familiares. Llegaba la hora de volver a casa. El Pirineo Francés se despidió de nosotras regalándonos unos cálidos rayos de sol que se filtraban entre las montañas.
Aqui os dejo el vídeo de nuestro viaje:
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