Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo.
Ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Py - Pirineo Francés. Primer día

Vilefranche de Conflent.



Villa medieval del siglo XI, ubicada en el corazón de los Pireneos Orientales, al pie del Canigou. Clasificada entre los más Bonitos Pueblos de Francia. En el interior de estas fortificaciones, en sus calles estrechas, existe una actividad artesanal y comercial pintoresca. Muchas de sus tiendas son de Pottery "cerámica", juguetes hechos a mano, varias librerías y sobretodo y que no falten: Bares. El día era lluvioso y toda la ciudad se encontraba sumida en la neblina. 
Nos contaron que como atracción turística los lugareños se inventaron que en el pasado unas brujas se escondían en los bosques cercanos donde preparaban sus pócimas y aclamaban la magia negra, atemorizando a los vecinos de la zona. Esta historia no es cierta, y en mi opinión con solo recorrer las calles empedradas de la centenaria villa enmurallada ya hay suficiente para tal reclamo. 
Su verdadera historia es que fue una fortaleza militar bañada en guerra, que se disputaron el Condado de Cerdaña-Rosellón, la Casa Condal de Barcelona, luego las Coronas de Aragón y Mallorca y, finalmente la Monarquía Española. Así llegó al inicio de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Finalmente, tras la firma de la Paz de los Pirineos (1659) mediante la cual no sólo la Villa sino también todos los territorios catalanes de la vertiente Nord-Pirenaica pasaron a la soberanía de Luis XIV, osease, pasaron a ser tierras Francesas.

Cristina y yo recorrimos cada calle, nos paramos en cada rincón, visitamos todos los museos y tiendas y hasta compramos un quilo de pan artesanal!! (Se agradece cuando uno está acostumbrado al pan del Mercadona) Nos detuvimos a comernos una crep de chocolate y a tomar café (para paliar el frío) en un bar bastante... ¿curioso? Parecía un bajo pequeño y estrecho de una casa. La servil propietaria nos sirvió café de microondas y una crep con un sabor rancio. No nos importó, devoramos aquel "manjar" en un abrir y cerrar de ojos. 



No paraba de llover, así que decidimos ir a buscar otro lugar al que visitar. Entramos en el coche y de nuevo pusimos en marcha el buscador de interés cultural del GPS. Entre varias opciones, de las que no recuerdo, escogimos La Abadía de San Miguel, un antiguo monasterio que aún rendía en funcionamiento. 
Llegamos tarde y la hora de las visitas ya había finalizado, así que nos conformamos con dar vueltas por el recinto, imposibilitadas de entrar en las instalaciones religiosas. (Bueno... por algún que otro sitio nos colamos...) Me hizo mucha gracia un huerto que cuidaban las monjitas, cada verdura o especie estaba marcada por un trozo de papel que contenían nombres. Supusimos que serían los nombres de las clausuradas mujeres, orgullosas de sus frutos que crecían gracias a sus esfuerzos y sus plegarias. 
De aquel monasterio me quedo con el siguiente poema:


Y no había más que ver... Empezó a caer la noche y si queríamos llegar vivas a casa de mi tío debíamos partir en breve. Nos esperaban carreteras estrechas, subidas y curvas, curvas y curvas.


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