Durante el puente del Pilar de este año Cristina y yo nos escapamos a visitar a mis tíos que viven en Py. Py es un pequeño pueblo situado en lo alto del Pirineo Francés, ubicado en un valle perdido que casi parece de ensueño. Según nos contaron, aquella región se abandonó por el éxodo rural durante la década de los 60 y fue repoblado por descendientes del movimiento hippy a finales de los años 70.
Aquel día nos levantamos muy temprano, pues nos esperaban 260 km de viaje... Pusimos la radio, encendimos el GPS y nos embarcamos por la AP7 dirección Francia. Entrando en la embajada francesa nos encontramos con una sorpresita... a 3 Km. hay un radar limitado a 110... ¡Cuidado!
Debo dar gracias a la idea de Cristina de llevar GPS, pues estoy segura de que nos hubiéramos perdido siguiendo las indicaciones. Cuando se conduce por un país que no es el tuyo es común despistarse y desorientarse. Te sofoca la idea de que si preguntas indicaciones a cualquier transeúnte no vas a entender ni un pijo de lo que te diga... Hasta que te das cuenta que sólo te vales de tus sentidos, así que genial, tu cuerpo se agiliza y tu mente se aviva. Pero mejor llevarlo... sí, lo recomiendo!
Las ganas de llegar a Py se hicieron presente en nuestros adentros. Cuando encontramos el cartel que indicaba Py / Mantet el corazón nos dio un vuelco de alegría. Nos encaminamos por una carretera estrecha que en teoría era de dos carriles... pero no, no había el espacio suficiente para dos coches. Así que nos esperaron unos veinte minutos de tensión, subidas, curvas y... naturaleza. Poco a poco fueron apareciendo arboles y más arboles, vacas pastando a su libre albedrío, saltos de agua inmensos, puentes de piedra... El tiempo no acompañaba, pues aquella noche había llovido y algunas rocas se habían desprendido ocupando partes de la tortuosa carretera.
Llegamos a Py y así a casa de mi tío, que vive en la última casa del pueblo. En seguida salió corriendo mi prima Elisenda, de cuatro años, a darnos la bienvenida y a decirnos que había pasado la mañana preparando para nosotras un pastel con su madre. Por fin estiramos las piernas, nos apeamos del coche y nuestra visión se perdió entre la lejanía de las montañas.
La casa de mi tío es la más sencilla del mundo, a la par de acogedora. Una casa antigua hecha de piedra y madera, con un cobertizo inmenso, un intento de huerto y un corral de gallinas. Mis tíos se dedican a la venta de cerámica que ellos mismos crean en su taller, un espacio repleto de artesanía y ambientado siempre con la música de la radio. (Sí, sí, nos pareció increíble que llegaran hasta aquel pueblo perdido en la montaña las ondas de radio.)
Dejamos el equipaje y comimos. Mi tía Nadia, la esposa de mi tío Fonsu, es vegetariana. Así que imaginaros el tipo de comida que nos esperaba durante tres días: comida ecológica, sana y natural tachan!! Y de postre el pastel de bizcocho y frambuesa de Elisenda.
Después de una velada en familia, en la cual nos pusimos al día con las nuevas de los familiares y las nuestras propias, mis tíos nos aconsejaron pueblos a los que visitar. Enseguida supimos hacia dónde nos teníamos que dirigir. Empezó a llover y el frío aguijoneó nuestra piel. No obstante no pensábamos detenernos... Nos esperaban muchas horas de aventura!
| Hummus acompañado de bastoncitos de zanahora, aceitunas del pueblo, queso fresco y... champán! |
| La Princesa Elisenda con su pastel. |
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